sábado, 26 de marzo de 2011

Vértigo




Siento vértigo cuando pienso en que el mes que llevo acá se ha convertido en unos pocos minutos muy bien vividos.

Puerto engancha. Despertarse en las mañanas y sentir que un océano inmenso espera, despertar y escuchar esos pájaros tan extraños en España, y tan normales acá, despertar a las 6.30, mirar por la ventana, reconocer a los cocoteros de nuestro jardín que nos saludan con su verde y que acogen a las ardillas.

Todo se absorbe de una manera especial. La música que antaño escuchaba, y que había dejado de emocionarme, de pronto me eriza. Y vuelven las ganas de tener ganas. Ganas de todo, por todo y para todo.

Tenemos en mente unas clases de surf, otras más de salsa, algunas de yoga, bailes y djembés prehispánicos, la asociación de perros de Puerto Escondido. Cosas que antes me darían hueva ahora me llenan de nervio.


¡Pero qué bien estar acá!

Esta noche nos vamos de concierto, y seguro que después alguna fiesta llenita de gente con mundo nos esperará en una de esas palapas de la playa, en las que pinchan reaguee y los pies se hunden en la arena mientras bailas.

El bochorno aprieta y la ropa se pega a la piel, que ya se nos va tostando. Cada día un poquito más. Me encanta hablar con la gente, y contarle que soy de España, el motivo por el que andamos por acá: yo hago mi tesis con tortugas marinas, Lucas acaba su libro… la verdad es que suena bien chido, ante la prohibición de decir la palabra “guay” bajo pena de mezcales que hacen perder la cabeza.


Esta semana pasada recibimos visita, la de la hermana de Juan y su novio, y nos embaucamos en el mundo del anfitrión que muestra orgulloso su nuevo hogar: la playa de Bacocho con su aire salvaje, la calita verde de Carrizalillo, las inmensas olas de la playa de Zicatela, los perros que ya nos conocen y quieren, los manglares con cocodrilos, las tortugas recién nacidas, los licuados de la tarde, los guecos de nuestro jardín, el gazpacho y la tortilla de patata, los ataques de risa sana, la luna llena brillante que dejaba una estela plateala gente que se va convirtiendo en “nuestra” gente, la familia que hemos formado acá…

Y cuando se fueron me sentí triste. De pronto se me antojaba que algún día yo también tendré que decir adiós, despertar de este sueño extraño y maravilloso. Y me volvieron las ganas, la pasión. Y el vértigo.

viernes, 25 de marzo de 2011

Amenaza de tsunami


En aquella dramática madrugada el teléfono sonó a las 4 de la mañana para inaugurar una jornada de vértigo. Clara –aún en la frontera entre el sueño y la vigilia- se sobresaltó cuando su hermana Ana le pidió calma antes de esperar respuesta –nunca es una buena señal- ; le hacía saber que había ocurrido un desastre mayúsculo en Japón, y que, como consecuencia, era probable que llegara un tsunami a toda la costa del Pacífico americano. Nos pidió que nos mantuviéramos alerta. Después de colgar, Clara se levantó y corrió hacia su ordenador para informarse a través de la red. Menos de un minuto después, mi madre fue la que llamó, su información era sesgada (estaba trabajando, sin posibilidad de conectarse y le dijeron algo así como que era inminente y que teníamos que evacuar urgentemente) y estaba consecuentemente muy alarmada; nos pidió que hiciéramos una maleta de emergencia y llamásemos a la embajada para salir de la costa cuanto antes.

Clara fue a despertar a Juan con el propósito de no sobresaltarle, pero no pudo cumplirlo. Las primeras noticias iban llegando a borbotones en Internet, las imágenes y los comunicados nos llenaban de aprensión. Teníamos los tres ordenadores encendidos, con varias páginas abiertas, actualizándose por minutos y aún no había amanecido. La atmósfera es densa, de alarma y amenaza. Desbordados y algo perplejos, buscábamos algo de claridad, con el nervio a punto y preparados. En la embajada, nadie que sepa nada contesta el teléfono, e instan a seguir el comunicado oficial que emitirían en unas horas. Nuestras cuentas de correos y muros del Facebook se llenan de mensajes de amigos y gente de la de estar juntos que nos piden que multipliquemos nuestra prudencia. Cuidado, cuidado; no sabemos cómo se tiene cuidado cuando parece que urge de verdad. El tutor del proyecto de Juan y Clara -que andan preparando esos días- les insta a que sea un día normal, trabajo habitual en la universidad. Así lo hacen y yo me quedo en casa. No me despego del ordenador y me contamino con información excesiva. América espera la ola gigante en pocas horas y nuestras referencias son muy alarmantes.

Además, son días de disturbios callejeros entre dos municipios: San Pedro y Colotepec, por un conflicto ya antiguo. El último episodio fue la toma armada de una estatua de Benito Juárez en la avenida principal de Puerto Escondido por ciudadanos de Colotepec. Entre otras consecuencias, parece que la carretera está cortada, y la evacuación sería, sin duda y al menos, difícil.


Pero aquí la vida sigue su ritmo diario. Como aún no podemos cocinar salimos a comer comida corrida (algo así como el menú del día), el día se normaliza. Mientras, ya han llegado las primeras olas, con menos fuerza de lo esperado. Con la radio dándonos nuestras recomendaciones (no acercarnos a menos de diez metros de la playa, y permanecer al menos a cincuenta de altura sobre el nivel del mar), con música excesiva y entre chiles, sopas y agua de sandía, nos relajamos (aunque Juan y Clara ya habían respirado el aire de aquí, yo lo necesitaba más). La vida cotidiana se mantiene, incluso la gente va a la playa. El infierno de muerte y pánico no llega a este lado del mundo.


Tal vez es por haber sentido la amenaza acuciante algunas horas, quizá por haber implicado a gente querida, pero cuando después de todo no ocurrió nada, el alivio deja un poso de tristeza y una extraña sensación de angustiosa empatía con otra gente que lo ha vivido –y muerto- de otra manera.

sábado, 19 de marzo de 2011

Aquí y ahorita

Los primeros días en un lugar para una estancia larga suelen ser agridulces para mí. Aún me cuesta dejar atrás mi nebulosa de gente querida y lugares familiares, pero el horizonte inédito me renueva. Puerto Escondido (que era un pequeño pueblo de pescadores y ahora tiene una extraña pero bien avenida relación con el turismo), es acogedor, y a mí me sienta bien el mar.




Clara me enseña el resultado de su odisea compartida con Juan: una casita pequeña y resultona, con jardín de cocoteros, algo apartada del bullicio del centro y del mercado. Cerquita tenemos dos playas: playa Bacocho (mi favorita por ser la más salvaje) y Carrizalillo, que es una cala con muchas escaleras, llena de vegetación exuberante. El pueblo queda a unos 15 minutos caminando.


El centro no es tan bonito como en otras ciudades –casas y comercios bajos con techo plano, coloridos y cruzados por cientos de cables, el zócalo es muy pequeño y apenas hay calles o zonas peatonales- pero tiene el encanto del intenso trajín de la vida cotidiana de los mexicanos, siempre atareados y sociables al extremo; tengo la impresión de que hay miles de tortillas cocinándose, litros de agua de distintos sabores preparándose, jugos exprimiéndose, a todas horas, cientos de personas colocando telas y morrales. Todos parecen ociosos por acá pero hay tanto trabajo haciéndose que parece que sus días tuvieran más horas. Dos kilómetros al oeste, está la playa de Zicatela, con un ambiente cosmopolita, viajero y surfero, todo tiene mucho encanto y es algo más caro. Clara se ha enamorado de esa zona, yo prefiero el pueblo, rivalizamos y no cedemos, pero nos reímos y realmente apreciamos todo Puerto, aunque en honor a mi verdad solemos salir mucho más por Zicatela.

Son días de hacerme a mi nueva ciudad, encuentro el lugar para comprar la prensa nacional (¡sólo un lugar en el pueblo!), me familiarizo con los bares y cantinas cercanos. Seguimos llenando villa Julura, nos hacemos con una mesa. Aquí no se practica el concepto de segunda mano. Hay un problema con el gas, o con la falta de él. La flexibilidad del término ahorita nos niega la posibilidad de cocinar indefinidamente, al menos hasta que algo varíe el rumbo. El gasero (qué buen título para una película porno) viene, revisa, provoca una fuga de gas.
-Esto, eh –habla mientras continúa saliendo el gas ruidosamente-. Hay un escape. Ahorita venimos.
Clara se queda algo intranquila pensando hacia qué lado se estirará esta vez la palabra “ahorita”.
Pronto, con modos de superhéroe, arregla el problema. Por la tarde llaman para avisar que vendrán a revisar el gas. Más o menos la conversación fue así:
-Señor Juan, mañana iremos a revisar el gas.
-Pero si han estado hoy.
-Señor Juan, mañana iremos a revisar el gas.
-No lo entiendo, esta tarde…
-Eh…Señor Juan, mañana iremos a revisar el gas.
-Está bien.
Pero no vienen ni avisan. Clara intenta, mientras, celebrarlo cocinando el huevo prometido. La parrilla se prende y se apaga, en una anarquía gaseosa. Nos resignamos a no cocinar por el momento, nos costará bastantes llamadas y bastantes ahoritas lograrlo. En la noche, nos llega un denso olor a gas que nos alarma un poco.


Aún así, la balanza pesa abrumadoramente en el lado del sí en casi
todas las preguntas. Nos vamos a dormir felices, con el rumor del mar a lo lejos. El mar, tranquilo entonces, estaba empezando a rugir al otro lado del Pacífico e iba a asustar con intensidad a este lado amplio del mapa en unas pocas horas.

viernes, 18 de marzo de 2011

Un Paraíso Escondido

Estoy en el Babylon, en la terraza, encaramada a una silla de madera, con vistas a las olas inmensas del Pacífico, recién atardeció, escucho a los Beatles y tengo encima a la Canelita, una perrita lindísima.

Este bar es especial. Mis bonitos compañeros de piso se ríen de mí. Dicen que tengo una extraña obsesión. Y es cierto.

Será el olor, serán los libros. O las perritas que me quieren y suplen el cariño que dejé de mi Ramón en Madrid. Quizá sea la música, quizá sea la gente que tan lindamente nos acoge cada noche. Lo cierto es que no lo sé.

El Babylon es una casa de encuentro de viajeros en la que parece que nada pasa alrededor. Nada que merezca la pena. Es un reducto de máscaras que cuentan historias, a cada cual más mágica, más exultante, más misteriosa.

Me gusta ver a la gente que entra e imaginar de dónde vendrán, por qué están acá, hasta cuándo, qué buscan…

Y me gusta imaginar que allá estamos nosotros, simplemente siendo, simplemente estando.

Miro la espuma que levantan las olas y, ¡puta!, lo cierto es que me siento feliz.

Me vine a Puerto con vistas a cambiar, y no sin miedo por cambiar. Cambiar esos grises que tanto me perseguían en Madrid. Me vine con mis miedos acompañándome en el avión, cargados como polvo en la mochila. Pero el polvo voló por el Atlántico. En algún lugar de ese inmenso y profundo océano quedaron, suspendidos. Lo he cambiado por el mar, por el verde de las palmeras que acá afloran por doquier, por las olas majestuosas, por la satisfacción animal, por la sonrisa de duende que se despierta cada mañana conmigo, por los millones de estrellas que desde acá se ven torcidas (y bien bonitas que quedan), por la ropa de colores.

Extraño muchas cosas de allá, entre otras, y la más fundamental, a vosotros, que al fin y al cabo sois, en la justa medida, lo que llena de vida la vida.

Pero por unos meses, y quién sabe por cuánto más, en la cabeza y en los pies descalzos, me parece un lindo cambio.

lunes, 14 de marzo de 2011

A punto de empezar

La mañana del 5 de Marzo me desperté inquieto, dispuesto a cruzar de nuevo el Atlántico sentado en un sillón, entre nubes. También me esperaban algunas tediosas horas de espera en aeropuertos. De nuevo iban a cambiar los días, las caras, las jornadas e incluso las palabras.
En Madrid hacía frío y granizo, y lo que ofrecía la vida hacia delante era tiempo sin demasiados planes impuestos en México, frente al mar; el horizonte lleno de cosas y de nada, sólo posarse en lo que iba a venir.

Después del calor de la gente, y de todas las despedidas con su peso, llevaba un tiempo enredado en una frase de uno de los libros más bellos que jamás he leído. El libro es “bájame una estrella”, de Miriam García Pascual, y la frase -una frase espejo para mí durante mucho tiempo-, es así:

“Y piensas porqué, qué extraña fuerza te empuja a alejarte de todo lo que quieres; del verde, del xiri-miri, o esa historia de amor inacabada... Piensas dónde está el valor, y no es la fuerza de hacer un viaje o escalar una montaña; el valor es renunciar a la compañía de las personas que quieres, a su afecto, su ternura. Pero la vida está aquí, y el precio de la libertad es la soledad, y el precio de ser pájaro es la esclavitud del viento.”

Pero esta vez el viaje se presentaba muy distinto de otras ocasiones para mí: mi presupuesto no era tan ajustado, tenía billete de vuelta y, sobre todo, alguien me esperaba en el destino, alguien con quien compartir tantas cosas del nuevo presente en renovación.

Mi madre -que sin duda agradecía los nuevos derroteros de mi antigua vocación viajera- y Jose Carlos me acompañaron al aeropuerto y fueron las últimas y amorosas caras familiares que vería en las siguientes horas.

Después de los controles, y de mi viejo macuto rojo arrastrándose por la cinta transportadora, de un retraso breve, ya estaba por los aires, soñando con Oaxaca y sus olores familiares. Diez horas de vuelo. En todas las películas que ponen salen chicos y chicas guapísimos a los que les ocurren varias desventuras para terminar invariablemente en brazos del otro y dispuestos a estrenar felicidad sin remedio. Les dejo que hablen en mexicano. Aún se me hace raro, pero en breve estaré incluso pensando en ese “idioma”.

Una escala en Atlanta, y otro vuelo más hacia México D.F. En el vuelo, empieza el desfiles de personas diferentes a las que se cruzan en la vida cotidiana de mi ciudad; conozco a dos veinteañeros maltenses algo asustados que dan el primer paso en un viaje sin planes que, presumiblemente, les llevará bien lejos, hacia el sur. No conocen el idioma y se han dejado alarmar por todos los peligros de los que les han advertido. Les confío que a mí me pasó lo mismo –llegué muerto de miedo, y caí en múltiples paranoias muchas veces, sobre todo al principio del viaje- y finalmente fue una aventura difícil de superar, de aprendizaje, de dureza y felicidad. No les miento, tampoco exagero. Pienso en mí mientras les hablo, porque sin duda he perdido reflejos y también me siento algo inquieto. También conozco a una alegre mexicana, misionera, que regresa feliz a su ciudad después de recorrer muchos lugares, y de pasar seis meses en alta mar. Conversamos sobre los acentos y las distintas expresiones y nos reímos.







Atardece al lado del ala del avión, el azul del cielo se llena de naranja y de rosa.



Las azafatas traen algo de comida en sus bandejas, con maneras y trajes neutrales, de pronto el avión se suspende y cae en el vacío por unos breves y eternos segundos, la azafata pierde su elegancia, se cae de culo contra el suelo mientras no puede sofocar un grito:”¡aahhhh!”. Un grito que alarma a la gente, un instinto que no pudo controlar. Anuncian turbulencias, llaman a la calma. Aterrizamos de noche en esa ciudad tan monstruosa y hermosa, el DF. El aeropuerto está integrado en mitad de la ciudad, y aterrizar entre las miles de luces de neón es como vivir en una película de pixar.

Me despido de mis eventuales compañeros de viaje dispuesto a pasar 13 horas de tediosa escala. Aspiro lograr ese estado de duermevela, como de ordenador suspendido, que suelo conseguir en los viajes. Me pierden el macuto y me toma 4 horas -con varias visitas y cruzadas por los controles de seguridad-, recuperarlo. Nadie me explica nada. Aún no estoy recuperado de la gripe que me traje de España, y el aeropuerto es inhóspito y extraño. Hay poca gente. Con mis tres bultos en un asiento diminuto me cuesta encontrar una postura algo cómoda, abro los ojos a cada rato por asegurarme de que no me roban. Me duele todo el cuerpo. Se me hace interminable, leo, se termina la batería del portátil a mitad del segundo capítulo de Mad men. Más aburrido que hambriento corro a desayunar a un lugar que abre temprano. Me lleno el estómago de chilaquiles picantes, un litro de jugo y un café enorme. La panza se me revuelve y lo veo todo negro. No consigo localizar a Clara y uso la tarjeta para buscar una voz amiga, Diana al otro lado del teléfono me transmite calor y ganas de lo que venga.

Por fin embarco y duermo el último vuelo que me queda. Al bajar, la emoción me embarga la garganta. El aire es caliente, y huele a coco y a mar. Recojo mi macuto, esta vez sin incidentes, camino con ganas de silbar. Ya he llegado, todo está detrás de la puerta de bienvenida en el aeropuerto de Puerto Escondido. Detrás, Clara me espera con un beso, con la piel tostada, exultantemente feliz y con muchísimas más cosas. De nuevo estoy de acuerdo con la vida.