Estoy en el Babylon, en la terraza, encaramada a una silla de madera, con vistas a las olas inmensas del Pacífico, recién atardeció, escucho a los Beatles y tengo encima a la Canelita, una perrita lindísima.
Este bar es especial. Mis bonitos compañeros de piso se ríen de mí. Dicen que tengo una extraña obsesión. Y es cierto.
Será el olor, serán los libros. O las perritas que me quieren y suplen el cariño que dejé de mi Ramón en Madrid. Quizá sea la música, quizá sea la gente que tan lindamente nos acoge cada noche. Lo cierto es que no lo sé.
El Babylon es una casa de encuentro de viajeros en la que parece que nada pasa alrededor. Nada que merezca la pena. Es un reducto de máscaras que cuentan historias, a cada cual más mágica, más exultante, más misteriosa.
Me gusta ver a la gente que entra e imaginar de dónde vendrán, por qué están acá, hasta cuándo, qué buscan…
Y me gusta imaginar que allá estamos nosotros, simplemente siendo, simplemente estando.
Miro la espuma que levantan las olas y, ¡puta!, lo cierto es que me siento feliz.
Me vine a Puerto con vistas a cambiar, y no sin miedo por cambiar. Cambiar esos grises que tanto me perseguían en Madrid. Me vine con mis miedos acompañándome en el avión, cargados como polvo en la mochila. Pero el polvo voló por el Atlántico. En algún lugar de ese inmenso y profundo océano quedaron, suspendidos. Lo he cambiado por el mar, por el verde de las palmeras que acá afloran por doquier, por las olas majestuosas, por la satisfacción animal, por la sonrisa de duende que se despierta cada mañana conmigo, por los millones de estrellas que desde acá se ven torcidas (y bien bonitas que quedan), por la ropa de colores.
Extraño muchas cosas de allá, entre otras, y la más fundamental, a vosotros, que al fin y al cabo sois, en la justa medida, lo que llena de vida la vida.
Pero por unos meses, y quién sabe por cuánto más, en la cabeza y en los pies descalzos, me parece un lindo cambio.
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