En Madrid hacía frío y granizo, y lo que ofrecía la vida hacia delante era tiempo sin demasiados planes impuestos en México, frente al mar; el horizonte lleno de cosas y de nada, sólo posarse en lo que iba a venir.
Después del calor de la gente, y de todas las despedidas con su peso, llevaba un tiempo enredado en una frase de uno de los libros más bellos que jamás he leído. El libro es “bájame una estrella”, de Miriam García Pascual, y la frase -una frase espejo para mí durante mucho tiempo-, es así:
“Y piensas porqué, qué extraña fuerza te empuja a alejarte de todo lo que quieres; del verde, del xiri-miri, o esa historia de amor inacabada... Piensas dónde está el valor, y no es la fuerza de hacer un viaje o escalar una montaña; el valor es renunciar a la compañía de las personas que quieres, a su afecto, su ternura. Pero la vida está aquí, y el precio de la libertad es la soledad, y el precio de ser pájaro es la esclavitud del viento.”
Pero esta vez el viaje se presentaba muy distinto de otras ocasiones para mí: mi presupuesto no era tan ajustado, tenía billete de vuelta y, sobre todo, alguien me esperaba en el destino, alguien con quien compartir tantas cosas del nuevo presente en renovación.
Mi madre -que sin duda agradecía los nuevos derroteros de mi antigua vocación viajera- y Jose Carlos me acompañaron al aeropuerto y fueron las últimas y amorosas caras familiares que vería en las siguientes horas.
Después de los controles, y de mi viejo macuto rojo arrastrándose por la cinta transportadora, de un retraso breve, ya estaba por los aires, soñando con Oaxaca y sus olores familiares. Diez horas de vuelo. En todas las películas que ponen salen chicos y chicas guapísimos a los que les ocurren varias desventuras para terminar invariablemente en brazos del otro y dispuestos a estrenar felicidad sin remedio. Les dejo que hablen en mexicano. Aún se me hace raro, pero en breve estaré incluso pensando en ese “idioma”.
Una escala en Atlanta, y otro vuelo más hacia México D.F. En el vuelo, empieza el desfiles de personas diferentes a las que se cruzan en la vida cotidiana de mi ciudad; conozco a dos veinteañeros maltenses algo asustados que dan el primer paso en un viaje sin planes que, presumiblemente, les llevará bien lejos, hacia el sur. No conocen el idioma y se han dejado alarmar por todos los peligros de los que les han advertido. Les confío que a mí me pasó lo mismo –llegué muerto de miedo, y caí en múltiples paranoias muchas veces, sobre todo al principio del viaje- y finalmente fue una aventura difícil de superar, de aprendizaje, de dureza y felicidad. No les miento, tampoco exagero. Pienso en mí mientras les hablo, porque sin duda he perdido reflejos y también me siento algo inquieto. También conozco a una alegre mexicana, misionera, que regresa feliz a su ciudad después de recorrer muchos lugares, y de pasar seis meses en alta mar. Conversamos sobre los acentos y las distintas expresiones y nos reímos.
Atardece al lado del ala del avión, el azul del cielo se llena de naranja y de rosa.
Las azafatas traen algo de comida en sus bandejas, con maneras y trajes neutrales, de pronto el avión se suspende y cae en el vacío por unos breves y eternos segundos, la azafata pierde su elegancia, se cae de culo contra el suelo mientras no puede sofocar un grito:”¡aahhhh!”. Un grito que alarma a la gente, un instinto que no pudo controlar. Anuncian turbulencias, llaman a la calma. Aterrizamos de noche en esa ciudad tan monstruosa y hermosa, el DF. El aeropuerto está integrado en mitad de la ciudad, y aterrizar entre las miles de luces de neón es como vivir en una película de pixar.
Me despido de mis eventuales compañeros de viaje dispuesto a pasar 13 horas de tediosa escala. Aspiro lograr ese estado de duermevela, como de ordenador suspendido, que suelo conseguir en los viajes. Me pierden el macuto y me toma 4 horas -con varias visitas y cruzadas por los controles de seguridad-, recuperarlo. Nadie me explica nada. Aún no estoy recuperado de la gripe que me traje de España, y el aeropuerto es inhóspito y extraño. Hay poca gente. Con mis tres bultos en un asiento diminuto me cuesta encontrar una postura algo cómoda, abro los ojos a cada rato por asegurarme de que no me roban. Me duele todo el cuerpo. Se me hace interminable, leo, se termina la batería del portátil a mitad del segundo capítulo de Mad men. Más aburrido que hambriento corro a desayunar a un lugar que abre temprano. Me lleno el estómago de chilaquiles picantes, un litro de jugo y un café enorme. La panza se me revuelve y lo veo todo negro. No consigo localizar a Clara y uso la tarjeta para buscar una voz amiga, Diana al otro lado del teléfono me transmite calor y ganas de lo que venga.
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