viernes, 25 de marzo de 2011

Amenaza de tsunami


En aquella dramática madrugada el teléfono sonó a las 4 de la mañana para inaugurar una jornada de vértigo. Clara –aún en la frontera entre el sueño y la vigilia- se sobresaltó cuando su hermana Ana le pidió calma antes de esperar respuesta –nunca es una buena señal- ; le hacía saber que había ocurrido un desastre mayúsculo en Japón, y que, como consecuencia, era probable que llegara un tsunami a toda la costa del Pacífico americano. Nos pidió que nos mantuviéramos alerta. Después de colgar, Clara se levantó y corrió hacia su ordenador para informarse a través de la red. Menos de un minuto después, mi madre fue la que llamó, su información era sesgada (estaba trabajando, sin posibilidad de conectarse y le dijeron algo así como que era inminente y que teníamos que evacuar urgentemente) y estaba consecuentemente muy alarmada; nos pidió que hiciéramos una maleta de emergencia y llamásemos a la embajada para salir de la costa cuanto antes.

Clara fue a despertar a Juan con el propósito de no sobresaltarle, pero no pudo cumplirlo. Las primeras noticias iban llegando a borbotones en Internet, las imágenes y los comunicados nos llenaban de aprensión. Teníamos los tres ordenadores encendidos, con varias páginas abiertas, actualizándose por minutos y aún no había amanecido. La atmósfera es densa, de alarma y amenaza. Desbordados y algo perplejos, buscábamos algo de claridad, con el nervio a punto y preparados. En la embajada, nadie que sepa nada contesta el teléfono, e instan a seguir el comunicado oficial que emitirían en unas horas. Nuestras cuentas de correos y muros del Facebook se llenan de mensajes de amigos y gente de la de estar juntos que nos piden que multipliquemos nuestra prudencia. Cuidado, cuidado; no sabemos cómo se tiene cuidado cuando parece que urge de verdad. El tutor del proyecto de Juan y Clara -que andan preparando esos días- les insta a que sea un día normal, trabajo habitual en la universidad. Así lo hacen y yo me quedo en casa. No me despego del ordenador y me contamino con información excesiva. América espera la ola gigante en pocas horas y nuestras referencias son muy alarmantes.

Además, son días de disturbios callejeros entre dos municipios: San Pedro y Colotepec, por un conflicto ya antiguo. El último episodio fue la toma armada de una estatua de Benito Juárez en la avenida principal de Puerto Escondido por ciudadanos de Colotepec. Entre otras consecuencias, parece que la carretera está cortada, y la evacuación sería, sin duda y al menos, difícil.


Pero aquí la vida sigue su ritmo diario. Como aún no podemos cocinar salimos a comer comida corrida (algo así como el menú del día), el día se normaliza. Mientras, ya han llegado las primeras olas, con menos fuerza de lo esperado. Con la radio dándonos nuestras recomendaciones (no acercarnos a menos de diez metros de la playa, y permanecer al menos a cincuenta de altura sobre el nivel del mar), con música excesiva y entre chiles, sopas y agua de sandía, nos relajamos (aunque Juan y Clara ya habían respirado el aire de aquí, yo lo necesitaba más). La vida cotidiana se mantiene, incluso la gente va a la playa. El infierno de muerte y pánico no llega a este lado del mundo.


Tal vez es por haber sentido la amenaza acuciante algunas horas, quizá por haber implicado a gente querida, pero cuando después de todo no ocurrió nada, el alivio deja un poso de tristeza y una extraña sensación de angustiosa empatía con otra gente que lo ha vivido –y muerto- de otra manera.

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