sábado, 19 de marzo de 2011

Aquí y ahorita

Los primeros días en un lugar para una estancia larga suelen ser agridulces para mí. Aún me cuesta dejar atrás mi nebulosa de gente querida y lugares familiares, pero el horizonte inédito me renueva. Puerto Escondido (que era un pequeño pueblo de pescadores y ahora tiene una extraña pero bien avenida relación con el turismo), es acogedor, y a mí me sienta bien el mar.




Clara me enseña el resultado de su odisea compartida con Juan: una casita pequeña y resultona, con jardín de cocoteros, algo apartada del bullicio del centro y del mercado. Cerquita tenemos dos playas: playa Bacocho (mi favorita por ser la más salvaje) y Carrizalillo, que es una cala con muchas escaleras, llena de vegetación exuberante. El pueblo queda a unos 15 minutos caminando.


El centro no es tan bonito como en otras ciudades –casas y comercios bajos con techo plano, coloridos y cruzados por cientos de cables, el zócalo es muy pequeño y apenas hay calles o zonas peatonales- pero tiene el encanto del intenso trajín de la vida cotidiana de los mexicanos, siempre atareados y sociables al extremo; tengo la impresión de que hay miles de tortillas cocinándose, litros de agua de distintos sabores preparándose, jugos exprimiéndose, a todas horas, cientos de personas colocando telas y morrales. Todos parecen ociosos por acá pero hay tanto trabajo haciéndose que parece que sus días tuvieran más horas. Dos kilómetros al oeste, está la playa de Zicatela, con un ambiente cosmopolita, viajero y surfero, todo tiene mucho encanto y es algo más caro. Clara se ha enamorado de esa zona, yo prefiero el pueblo, rivalizamos y no cedemos, pero nos reímos y realmente apreciamos todo Puerto, aunque en honor a mi verdad solemos salir mucho más por Zicatela.

Son días de hacerme a mi nueva ciudad, encuentro el lugar para comprar la prensa nacional (¡sólo un lugar en el pueblo!), me familiarizo con los bares y cantinas cercanos. Seguimos llenando villa Julura, nos hacemos con una mesa. Aquí no se practica el concepto de segunda mano. Hay un problema con el gas, o con la falta de él. La flexibilidad del término ahorita nos niega la posibilidad de cocinar indefinidamente, al menos hasta que algo varíe el rumbo. El gasero (qué buen título para una película porno) viene, revisa, provoca una fuga de gas.
-Esto, eh –habla mientras continúa saliendo el gas ruidosamente-. Hay un escape. Ahorita venimos.
Clara se queda algo intranquila pensando hacia qué lado se estirará esta vez la palabra “ahorita”.
Pronto, con modos de superhéroe, arregla el problema. Por la tarde llaman para avisar que vendrán a revisar el gas. Más o menos la conversación fue así:
-Señor Juan, mañana iremos a revisar el gas.
-Pero si han estado hoy.
-Señor Juan, mañana iremos a revisar el gas.
-No lo entiendo, esta tarde…
-Eh…Señor Juan, mañana iremos a revisar el gas.
-Está bien.
Pero no vienen ni avisan. Clara intenta, mientras, celebrarlo cocinando el huevo prometido. La parrilla se prende y se apaga, en una anarquía gaseosa. Nos resignamos a no cocinar por el momento, nos costará bastantes llamadas y bastantes ahoritas lograrlo. En la noche, nos llega un denso olor a gas que nos alarma un poco.


Aún así, la balanza pesa abrumadoramente en el lado del sí en casi
todas las preguntas. Nos vamos a dormir felices, con el rumor del mar a lo lejos. El mar, tranquilo entonces, estaba empezando a rugir al otro lado del Pacífico e iba a asustar con intensidad a este lado amplio del mapa en unas pocas horas.

2 comentarios:

  1. Luqui, como siempre, un placer leerte.

    Muchos besos a la familia!

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  2. Pero qué gustirrinín da escuchar todo esto! Ya estoy enganchada un poco más a México.
    Besos!!!

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